Se me rompió mi portátil hace dos días. Había un cordón atrapado entre la pantalla y la tecla, y no lo sabía. Cuando lo cerré, explotó. Por eso, mi vida ha sido loca dentro de unos días. Es decir que no tener portátil como estudiante en un programa de máster es como no tener piernas como excursionista en las montañas. Me siento como si estuviera congelada con las manos en el aire. La tecnología tiene la capacidad de inutilizar a sus victimas y dejarles sin recursos. Pero ¡ya! basta con las quejas, por lo menos todavía puedo escribir y por los menos tengo mis piernas.

De todos modos, anoche, terminé con un ensayo para la clase <>. Era una práctica de descripción. Elige contar sobre una foto de mi madre cuando era joven. Al principio, el ensayo era normal, tenía un inicio, cuerpo y una conclusión. Pero al escribir esta conclusión, me di cuenta que me gustaría empezar con ello para hacer el ensayo más interesante. Así, empieza como:

<> De esta manera, el lector no se puede averiguar muy bien lo que está pasando al comienzo y espero que lo hiciera leer más.

Al contrario, la conclusión es realmente la introducción. Se dice, <>

Tengo que admitir que al fin y a cabo, después de leer lo que había escrito, me sentí como si fuera un discípulo de Jorge Borges. Me gustó jugar con el tiempo o mejor dicho, el orden del tiempo. Un profesor mío, Paco Layna, me enseñó el semestre pasado que realmente no hay un orden de tiempo, que el orden que sí existe es el que hemos hecho los seres humanos. Por ejemplo en mi cultura, cuando hablo del futuro, hablo de lo que estriba frente de mí y cuando hablo del pasado, hablo sobre lo que está tras mí. Pero en otras culturas se dice que el futuro está tras del ser humano porque no sabe lo que va a pasar y se dice del pasado que está frente del ser humano porque ya saben lo que pasó.

Me gusta jugar con el orden de tiempo. Me gusta escribir. Me gustó mi pantalla.